Columna de Opinion - Mujer de 30: Galletitas, mimos y algo más

Publicado por el 31 mayo, 2011 - 2 comentarios
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Si me preguntaras qué aroma tiene un hogar, diría que es la mezcla entre las “florcitas”, unas galletitas de café que hacía mi abuela Mamama con la que solía atiborrame cuando llegaba a su casa y el olor a vieja Enciclopedia Británica de mi abuelo Tatata.

Mis abuelos fueron una piedra fundamental en mi vida. Llegar a su casa era como llegar un refugio, adonde todas las penas serían sanadas y siempre había una palabra de cariño para todos los nietos.

Recuerdo a la perfección el calorcito que emanaba la casa de los abuelos cordobeses. Era muy calentita, con paneles de madera en la cocina, olor a comida rica, pan esponjoso en los almuerzos, y un montón de libros y fotos. Las camas eran tan esponjosas como el pan, y los acolchados y los empapelados eran de colores vivos. Un lugar para quedarse a vivir y a soñar.

La Mamama me esperaba cada mañana con el café calentito y miles de florcitas recién hechas, y preguntas sobre mi vida, que nunca eran invasivas y siempre interesadas. Hasta los 80 y largos,  se movía como una hormiguita para prepararnos la mejor comida. Su vitalidad y capacidad de servicio no conoció límites.

El Tatata era la paz, la reflexión, el conocimiento. Una fuente interminable de anécdotas de la llegada de su papá, inmigrante; de la reunificación italiana, ya que era monárquico, de las grandes guerras. El había sido contemporáneo a muchos hechos históricos y me fascinaba con sus testimonios. También me enseñó a aprender el nombre de cada persona, desde el taxista hasta el recepcionista del banco, porque decía que era una señal de consideración a los que nos servían.

Aún recuerdo a los Tatatas y a las florcitas y los ojos se me ponen brillantes. Cuánto amor, cuanta dedicación, cuánto interés aún cuando ya habían cumplido la misión de educar a los hijos. Pero ellos siempre estaban ahí para los nietos, los sobrinos y los bisnietos. Dejando una marca en todos los que los conocimos.

Creo que si los gobiernos midieran la importancia de los abuelos en mi educación y en la de todas las personas, pensarían seriamente en un subsidio de fomento al abuelo. Querrían compensar de alguna manera a tanto cariño y esfuerzo puesto para ayudar a educar a los futuros argentinos. Creo que el problema es que no les alcanzaría la plata para pagar tanto trabajo.

Confieso que me da un poco de nostalgia ver algunos abuelos modernos. Me encanta que la gente de 60 para arriba sea vital, pero la verdad no envidio nada! a los nietos de esas señoras fantásticas, flacas, enchufadas de botox y todas fajadas, que salen de una clase frenética en el gym para cumplir con una agenda más apretada que cualquiera. Son muy monas, pero no creo que haya belleza superior a la serenidad que trasmitían los ojos arrugados de la Mamama; ni de las manos de la Belela, curtidas por hacernos disfraces y vestidos para fiestas.

Mechi.

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