Familia - Leyenda del Pozo sin fondo

Publicado por el 25 mayo, 2011 - Sin comentarios
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TEMA DEL DIA: Familia: Domingos Sagrados

Nunca fue la pasta de los domingos sino los asados del sábado.

Mi marido los preparaba con tal cuidado, con tanto amor encendía el fuego a las 9 y media de la mañana como muy tarde, para poner la carne con la parte del hueso directo a las brasas y que saliera tan tierna que se  podía cortar con el tenedor.

A las achuras y demás las iba acomodando en tiempos rigurosamente calibrados.

Invitábamos a la gente el mismo sábado a media mañana, una vez el fuego encendido, las ensaladas preparadas y la mesa a medio poner.

Tuvimos la suerte de que todos los invitados, que una que otra vez traían algún pariente o amigo que les había caído a la casa, llegaran siempre sonrientes y puntuales… ¡Claro! se trataba de un ritual que se celebraba cada semana, a menos que amaneciera con ganas de llover, en cuyo caso el asado quedaba para el próximo sábado. Eso sí, nunca sabíamos si íbamos a ser 7 ó 21 a la mesa, así que por las dudas preparábamos otra de menor tamaño, para “los chicos”.

Siempre se le iba la mano en la cantidad de carne: así lo describió -con exageración-un inglés recien llegado y amigo de uno de mis hijos: “Enorme ensalada de vaca con una hoja de lechuga”… ¡Injusticia total!!! porque de veras… yo me mataba con las ensaladas: me copiaba de todas las ricas y divertidas o sino las inventaba y bastante bien que salían.

Otro de mis hijos invitaba de vez en cuando a sus compañeros de rugby o de fútbol, después del partido, a almorzar a las 4 de la tarde… y cuando ellos se negaban porque decían que no debía quedar ni el hilo de los chorizos, él se ufanaba y desafiaba… y bué ¿Resultado? yo me quedaba sin esos cortes enteros que me solucionaban la vida y salvaban cuando caían comensales sorpresa el domingo o el lunes.

Hasta el día en que se desbordó la casa. Mi marido me llevó a un rincón para comentarme “soto voce”  que el asado “había sido justo”, que habían quedado unas tristes costillitas, 1 chorizo y un pedazo de matambrito de cerdo. Lo ví cerrar los ojos y suspirar aliviado… justo en el momento en que sonó el timbre (que conste que eran las 5 de la tarde) de la puerta de calle: ¡¡el NOVIO de la hija de nuestros íntimos amigos!!!

Nunca entenderé el stress que le producía el hecho de que alguien en su propia casa (o sea también la mía) se quedara sin comer. Para mí era muy simple: si no había sido invitado, si llegaba a las 5 de la tarde y si la gente se había multiplicado más de la cuenta… lo normal, natural y lógico era que NO HUBIESE MÁS COMIDA.

Bueno, el asunto es que palideció y corrió a servirle el chorizo, el matambrito y las costillitas de asado de tira -que después de todo eran 4- las que engulló velocidad increíble. Ahí aproveché yo para -con resplandeciente sonrisa- retirarle el plato y ponerle enfrente un enorme pedazo de torta de mousse de chocolate (de esas de las que ¡por suerte! siempre llevaban nuestros amigos) y que también desapareció sin dejar rastros.

Después del apurón, por fin relajados, todos al living a tomar café con un chorrito de Bailey´s (el que se animaba): y “pancita llena, corazón contento”.

Así surgió la leyenda del pozo sin fondo que eran los asados en casa, leyenda que el amigo del alma y comensal fijo (al tanto de todos los detalles) aprovechó para gastar a mi marido cada vez que alguien enfrente nuestro mencionaba el hecho con admiración. Entonces nos mirábamos y sin que nadie se diera cuenta, muy despacito y por un costado de la boca… hacíamos PFFF…

Eugenia.

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