Columna de Opinion - Mujer de 50: Amiga sin nombre

Publicado por el 15 julio, 2011 - 52 comentarios
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Fuente Imagen: soundscapemusictherapy.com

El reloj de pared marcaba las 3 de la tarde y yo estaba ahí, en un largo corredor del hospital, sentada en una de las incómodas sillas de la sala de espera.  Enfrente de mí una mujer de avanzada edad se inclinaba hacia adelante y gemía. Lo hizo dos o tres veces hasta que no pude más y le pregunté si necesitaba algo. Era muy loca la sensación de estar en un hospital donde va la gente a curarse y tener a esta persona doliente al lado, quejándose tan bajito que sólo iban a reparar en ella cuando se cayese redonda al suelo.
“Que me deje de doler, eso necesito”, me contestó muy seria y cortante. ¡Zácate! pensé. Ahí no te puedo ayudar. ¿Qué tiene?, volví a intentar. Y esas fueron palabras mágicas. Acto seguido empezó a desenrollar su historia: la inestabilidad que había llegado con los años y que provocaba caídas,  los huesos frágiles que se rompían fácilmente, su última caída, las consecuencias, los remedios que no quitaban el dolor, los que sí pero que provocaban otros efectos indeseados. “Tuve hasta un cólico, así como estoy (esternón roto) y ahí…, ahí le pedí a Dios que me llevara. Así no quiero vivir más. Es que yo no tengo a nadie con quien venir al médico, ¿sabés?  Y encima vivo sola.”  A todo esto, yo muda. ¿Qué le podía decir a esta mujer? ¿Qué podía sumar para paliar en algo su situación?
Pero no hizo falta mi intervención porque ella siguió contándome su vida: Hija única, separada, poca familia. Su único hijo vivía hacía veinte años en EEUU con una norteamericana y no tenían hijos. A esta altura del cuento, la ví más erguida y animosa y para cuando me empezó a contar de sus padres y su infancia empezaron a asomar sonrisas. Se empezó a acordar de la trabajosa vida de su familia inmigrante, de cómo habían costado las cosas pero también lo felices que habían sido. Y para cuando le llegó su turno, no digo que se levantó de un salto pero el espíritu era ese. Cuando salió del consultorio hasta le estaba haciendo un chiste al médico.
¿Qué es lo que había cambiado? El dolor y toda su circunstancia seguían siendo los mismos y sin embargo ella había logrado sobreponerse con una capacidad de recuperación anímica envidiable. Me dije: “Llegue lo que llegue, así quiero ser a esta edad. Ser capaz de hacer hincapié en mis activos, en todo lo bueno de mi vida y relegar por el mayor rato posible todo lo malo que me esté pasando”. En eso pensaba cuando mi hija se acercó y preguntó: ¿Con quién hablabas? ¡Parecías amiga de toda la vida! Amiga no, pero al igual que  las buenas amigas me dejó con bastante en qué pensar e increíble y lamentablemente ni siquiera sé su nombre.

Mariana.

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