Columna de Opinion - Mujer de 50: Meditar, qué dificil.

Publicado por el 5 julio, 2011 - 6 comentarios
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Esta mañana me desperté y me dije: “De hoy no pasa, hoy sí o sí empiezo a meditar”. Uno cree que piensa “mucho”  porque tiene la cabeza llena de ideas que vienen y van. Unas y otras se aturullan y se pisan tratando de llamar nuestra atención, algunas gritan más fuerte y son las causantes de que una termine poniendo la sal en la heladera, se meta en un auto ajeno para desconcierto del hombre al volante o salga a la calle con una toalla de mano sobre el hombro. Pero lo que se dice meditar, meditar, M-E-D-I-T-A-R… eso sí que es dificilísimo de hacer.
A  raíz de la  detestada crisis de los 40/50, tuve que reconocer que no podía ser menos que el resto de los mortales y darle alguna solución a mis angustias. Entre las cosas que empecé fue un curso de autoconocimiento donde todo PARECE muy fácil de hacer, casi diría tonto y entonces uno cae en la trampa de subestimar la consigna y termina por no hacer nada o al menos no hacerlo a conciencia. Para cada actividad me digo: “Pan comido, lo hago un ratito antes de ir”. El ratito se esfuma porque siempre hay algo o alguien que lo interrumpe. “Ahhh… me olvidé de llamar a Fulano. Tengo que buscar el informe de Perengano. Más vale que le dé curso al tema de Zultano porque si no me va a volver loca”  Y así los temas se suceden sin solución de continuidad.
La consigna de unas semanas a esta parte es, entre otras cosas, empezar a registrar lo que nos pasa para ir adentrándonos en la meditación. Había leído para la semana anterior acerca de los obstáculos que encuentra la persona que decide implementar la técnica: la falta de entrenamiento, las excusas (MILES) que surgen disfrazadas de las múltiples preocupaciones que cualquier persona tiene, el miedo que aparece ante la posibilidad de encontrarse con emociones difíciles de manejar, las culpas por sentir lo que sentimos (creo que detectaré una BOLSA), etc., etc. Y acabé por darme cuenta que la semana estaba pasando y no había hecho el intento de meditar ni una sola vez.
La primera semana me dije que, siendo una persona pensante, la meditación no podía ser tan difícil, que sólo sería cuestión de proponérselo;  la segunda estuve convencida que había logrado mucha introspección…más no tenía ni la más remota idea sobre qué había estado pensando (¿me habré quedado dormida?);  la tercera tomé contacto con la realidad y me llamé por mi nombre: ¡CHANTA!   Con este título llego a la cuarta. Amanecí llena de buenas intenciones, registré el chirrido del freno del colectivo, le dije buen día mentalmente y me tapé un poco más –se escucha tan clarito que es como tenerlo al colectivero en mi cama- y empecé a soltar todo lo que me ata al día a día…y, para cuando empecé a preguntarme cuando llegarían las ideas más profundas, registré una voz quejumbrosa que me decía: “Maaaa… no dormí en toda la noche, ayer en la preparación de la muestra se me cayó un cuadro en el pie y no lo puedo apoyar… me llevás al médico?”.
Me despedí, por unas horas, de los sentimientos, deseos y necesidades profundas que todavía no pude ni ubicar ni nombrar y aquí sigo esperando saber si hay rotura, fisura o nada en el pie de mi hija. Lo que seguro ya sé es que me convertiré en su chofer particular por, al menos, el resto de la semana; que parar, paré, aunque no exactamente de la forma que tenía en mente y que lo demás… supongo que con ganas y viento a favor ya llegará.

Mariana.

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