Columna de Opinion - Mujer de 50: Mi época de romance con la cocina macrobiótica

Publicado por el 16 junio, 2011 - 4 comentarios
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Un importante defecto que aqueja a mi persona, y que me resulta difícil domar, es querer que todos quieran comprar lo que yo quiero vender. Insistente como pocas, una vez que asumo que un producto resulta salvador o indispensable, no puedo aceptar que el resto del planeta pueda quedarse al margen y no aprovecharlo. Tema complicado si los hay, ya que aunque mi familia podía librarse de ser objeto de mis experimentos, no se libraban de las minuciosas explicaciones que les daba con el ánimo de “esclarecerlos”.

Fuente Imagen: macrotina.blogspot.com

Para cuando este capítulo de mi vida tuvo lugar, yo había tenido mi segundo hijo. Quería amamantarlo, como no había podido hacer la primera, y, no sabiendo a qué más recurrir, hice uso y abuso de la receta casera que me dio un médico: levadura y jugo de naranja exprimida, todos los días y tantas veces como el bebe tuviese que comer. Resultado: amamanté hasta el octavo mes y me puse hecho una cuba porque aparte de la levadura, con el cuento que había que comer por dos y que una baja naturalmente, comí para toda la temporada y la naturaleza en mí no funcionó. Más bien me enteré que mi cuerpo respondía como el de las vacas, que juntan reservas en las caderas cuando están con ternero al pie!
Nuestros amigos y vecinos del quinto piso, en cambio, estaban en pleno proceso de renovación. Se veían espléndidos, atléticos y con mucha energía. La piel y el pelo de ella resplandecían. Los fines de semana en que salíamos todos juntos  éramos la versión grupal moderna del gordo y el flaco y encima su presupuesto en comida era exiguo. ¿Qué habían descubierto? LA MACROBIÓTICA. Su vida había cambiado, era un antes y un después del arroz yamaní.
A mi juego me habían llamado! Me instalé, ni lerda ni perezosa, en la “Esquina de la Flores”, compré cuanto producto y revistas  de cocina macrobiótica me pudieron vender y empecé a estudiar el tema… y a torturar al prójimo que no tenía ningún interés en cambiar sus hábitos alimenticios. Porotos de soja (en ese entonces nadie hablaba del “yuyito”), porotos Aduki, tortas de algarroba, algas a las que nunca me animé, semillas de hinojo, menta y anís para evitar las flatulencias que venían acollaradas a los porotos, jengibre y demás especias que nunca había usado y puse manos a la obra. Así pues, llegaba mi marido después de un largo y complicado día y lo esperaban: …zapallitos rellenos con MIJO. “Ahora resulta que soy un canario”, protestaba. Otro día se pasaba la noche sumergido – de frente-  en el inodoro… en esos menesteres, por haber comido mis super ñoquis hechos con hojas de remolacha (¡!!). ¿No es riquísima la ensalada de zapallo crudo rallado?, preguntaba yo. Ya sin fuerzas, la respuesta era un “No” lacónico.
Tuvieron que atrincherarse en Mc Donald’s para que terminara de entender que la onda naturista, al menos la que salía de mi cocina, no tendría más cabida en nuestro menú. Y así volvieron las empanadas y pizzas a casa.

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