Columna de Opinion - Mujer de 50: Viejos son los trapos

Publicado por el 28 junio, 2011 - 12 comentarios
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“Viejos son los trapos” era una frase que siempre escuchaba de chica, de una tía abuela muy querida, muy flaca ella  y para ese entonces bastante arrugada (era anoréxica probablemente y en esa época ese padecimiento no se conocía como enfermedad). Era una de sus frases típicas y si bien me llevaba muchos años, en alguien TAN divertido no podía sino parecer absolutamente lógica su reflexión.  La volvía loca que la gente tratara a la gente mayor de “viejos”. En parte, supongo, porque su propia madre vivió hasta los 94 años y  su soltería y asignaturas pendientes hacían obvio para ella que la verdadera edad la da el espíritu con que se enfrentan las cosas y no el paso del tiempo. La recuerdo muy seria leyendo en voz alta mis primeros boletines y mi sensación de pánico cuando la escuchaba alterar todas las cifras y yo pasaba de tener 8 en conducta, a estar acusada de insultar a la directora y a punto de ser expulsada por otras iniquidades. El dolor de barriga me duraba un buen rato, a pesar de las carcajadas con que festejaba mi cara de espanto. Pasado este bautismo de fuego, a la primera a quien corríamos por sus comentarios era a ella.

Fuente Imagen: mujerfutbol.com

Para sus hermanas, Delia,  era un bicho raro. Le encantaban los deportes y en especial el fútbol. Sabía tanto que discutía de igual a igual con los varones y generalmente se quedaba con la última palabra. Mi abuela siempre recordaba estar entre varias (eran siete, las mujeres) y a Delia, que estaba escuchando radio en el cuarto de al lado, aparecer  vociferando “¡el flanco derecho está muy débil!”, (¿?!) El resto se miraba, alguna revoleaba los ojos y seguían conversando impertérritas. Volvía a su cuarto, subía el volumen y en segundos se oía la voz del comentarista diciendo exactamente lo mismo! Hoy en día hubiera hecho periodismo deportivo y a nadie le llamaría la atención. Ironías de la vida, murió el mismo día en que Argentina ganó el mundial del ’78.
Pasaron los años y del mismo modo en que recibí el concepto- lo viejo es sinónimo de desechable, por lo tanto no se dice de una persona que es vieja-, obedientemente lo pasé a mis hijos con resultados dispares. Como las generaciones actuales no son tan dóciles como las nuestras, la explicación de la frase tuvo que ir acompañada de otra palabra sustituta, ya que si no podían decir “viejo” ¿con qué lo reemplazaban? “Grande” fue mi respuesta, las personas no son viejas, son grandes. Y con esas generalizaciones que hacen  los chicos cuando aprenden una regla gramatical más no sus excepciones (esas que les hacen decir de chiquitos: ¡Me “pusí” la campera solito! o  el pájaro está “morido”) uno de ellos escribió  una redacción, tema “La vaca”, donde al animal se lo llevaban al matadero porque era “grande” y que por esa razón igual ya se iba a morir. La maestra detectó el error y lo marcó en colorado de manera de que no quedaran dudas. Cual sindicalista actual, en cuanto volvió del colegio me hizo un piquete en la puerta de mi cuarto exigiendo explicaciones. Me constituí en el colegio para que ni la autoridad escolar ni la paterna resultaran heridas de muerte y aclaré la situación.
En cuanto a mí,  las experiencias me siguieron demostrando que esta no es sino una gran verdad. Las personas envejecemos, sí, porque es la ley natural, pero eso no significa que seamos descartables, que nuestras opiniones tengan menos peso. Pasó el tiempo y me fui olvidando de lo que supe enseñar y  descubrí que no es tan fácil internalizar lo aprendido. Con vergüenza les cuento que incluso llegué a decirle a mi pobre abuela, que era la persona más moderna y actual que conocí jamás: “Ay, Granmamá, mirá lo que decís, ¡parecés una vieja de ochenta! Y una voz suave contestó: ¡Pero m’hijita, si tengo 83!

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