Columna de Opinion - Mujer de 50: Visita al Dentista

Publicado por el 2 septiembre, 2011 - Sin comentarios
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Ayer me tocó dentista con mi hijo Juan de 8 años. Mientras iba al consultorio fui evacuando sus dudas y preocupaciones sobre lo que Ma. José, la dentista, le iba a hacer. Si le iba a doler, si le tocaba flúor –que detesta- si había inyecciones… Al mismo tiempo pensaba en cómo habían cambiado las cosas desde mis visitas periódicas de chica hasta ahora. Eran TAN traumáticas las mías que aún hoy  llego al sillón – silla de torturas para mí- y me convierto en un todo tenso agarrado al apoyabrazos como quien está cayendo al vacío. Y a pesar de que ahora te ponen anestesia por cualquier pavada,  tan rígida estoy que sistemáticamente me preguntan si algo me duele y yo contesto que no, pero que allí me siento como un perro de Pavlov: escucho el torno y me erizo de pies a cabeza. Por eso todavía me sigo preguntando cómo hacía mi madre para que mis hermanos y yo nos portáramos tan bien a pesar de lo desagradable del programa, cómo hacía para que volviéramos sin chistar aún sabiendo lo que nos esperaba.

Fuente Imagen: clinicariosruiz.com

Mis hijos, en cambio, han sido y son un PA-PE-LON. Especialmente los varones. ¡Hacen escándalo cuando les ponen el flúor! ¡Sólo por una pastita de morondanga que encima viene en distintos gustos para elegir! Me muero de vergüenza y me los quiero comer crudos cuando, a pesar de haber apelado a todas las amenazas de corte de suministros tecnológicos y sociales, la dentista me dice que vuelva otro día porque en ese estado no los puede atender. Ayer, por ejemplo, que volvíamos a que le terminara un arreglo, le encontraron a Juan otra carie y esta vez en una muela permanente. “Hay que poner anestesia” fue la desafortunada frase que desató la hecatombe. “¡Pinchazos no, la última vez me dolió mucho!“. Lloró, se tapó la boca, rogó en dos idiomas… y lo consiguió. Lo más gracioso es que yo estaba muy dispuesta a atarlo a la silla si era necesario, pero no lo hice porque además de no tener ninguna soga a mano, María José le empezó a escarbar el diente con una cureta para limpiarlo y luego le aplicó un remedio que va liberando flúor. Dilató así su padecimiento por dos meses. Increíblemente su ánimo se fue aplacando cuando le empezó a encontrar el gustito a ser un héroe delante de su hermana menor que lo había estado mirando espantada durante toda la escena. “¡No SABÉS lo que duele!”, aseguró con cara de prócer. Y fue en ese momento que me acordé del encuentro sobre el ENOJO en mi taller de comunicación. Nos habían dicho que reparáramos en la cantidad de energía que el estar enojado conlleva, en cómo lo descargábamos y en qué lo podíamos transformar. Mi furia era clarísima, todavía la sentía en el estómago mientras volvíamos caminando a casa. Sabía que la había estado controlando pero que estaba ahí latente para desatarse sobre mi hijo. Entonces ví la luz, la única forma de transformarla, de encausar esa energía en algo inteligente y positivo era logrando que en los próximos dos meses fuésemos hablando mi hijo y yo de las bondades de la anestesia, las contras de vivir desdentado y de algo más lúcido que ya se me ocurrirá. Hoy empiezo. Después les cuento.

Mariana @Mujerde50

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