Columna de Opinion - Mujer de 60: Los gustos de cada uno

Publicado por el 6 septiembre, 2011 - 2 comentarios
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Fuente Imagen:cocina.facilisimo.com

Como Mafalda y como la mayoría de los chicos, odié la sopa, especialmente la de verduritas. Hoy, más que nunca en estos días de frío, me encanta tomar un buen plato de sopa caliente. Si es de avena, mejor. Me obligaban a comer flan casero y arroz con leche porque en casa servían menos fruta y más postres. Ahora me gusta que sea así, antes protestaba.  Pero hubo cosas que después de haber tenido  su rato de fama durante mi niñez, pasaron a soportar el descrédito más absoluto cuando crecí. Me acuerdo de las horas que pasé dándole cuerda a un pianito de carey que tocaba la música del Lago de los Cisnes mientras una bailarina parada sobre la tapa, bailaba y bailaba con tutú de tul blanco. Era fascinante para mí, que tendría 6 o 7 años, ver a esa princesa en miniatura dar vueltas con una pierna en alto. Después de unos años, al piano lo encerré en un ropero porque me pareció un objeto muy poco elegante…

Otra que atrajo toda mi atención de niña fue una pequeña campana transparente que adentro guardaba un Papá Noel sentado en un trineo y rodeado de pinos. Yo la daba vuelta y caía una lluvia de nieve bien blanca sobre el paisaje; tener en la mano esa especie de precursor de aparato de tv en miniatura me parecía la cosa más maravillosa del mundo y me quedaba hipnotizada, con los ojos pegados a la escena.Pero lo que más atracción ejercía en mí (seguramente traía mezclada una cierta dosis de envidia) era un dije que mi prima Maricris, que tendría unos 8 años como yo, llevaba colgado de su pulsera. Para los cumpleaños o las fiestas, junto a las “esclavas” de oro que siempre usábamos, (regalo de nuestra abuela el día que cumplimos un año)  nos ponían unas pulseras de donde colgaban un montón de dijes enganchados a una cadenita. Un pequeño ángel, un libro, una muñeca, una casita, una silla, eran algunos de los que recuerdo, todos de tamaño minúsculo. Y ahí se veía brillar el mejor de todos, justo el que yo no tenía: “el primer diente que se me cayó”, les contaba mi prima a las amigas que preguntaban. Mi tía se lo había hecho engarzar en una base de oro, como si fuera un trono de juguete sosteniendo a un minúsculo diente de leche. Le pedí a mamá que me hiciera un adorno igual para mi pulsera, pero se negó sin darme ninguna explicación y durante mucho tiempo seguí soñando con ese dije. Hasta que un buen día entendí las razones, porque yo también empecé a compartir la misma noción de “buen gusto-mal gusto” que tenía mi madre. El otro día fui a una exposición de arte que mostraba el renovado auge del kitsch en algunos artistas y hablaba de “provocar efectos sentimentales en el espectador”, de la “estética del artificio” y de la “apropiación de los elementos populares desde una mirada irónica, sensiblera y despojada del buen gusto”.  Enseguida pensé en mi Papa Noel y mi pianito de carey, al público le gustaría y a mí también.

Alicia @Mujerde60

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