Columna de Opinion - Columna de Opinión: La sagrada inmunidad de los perros

Publicado por el 23 mayo, 2011 - 2 comentarios
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Fuente: allmoviephotos.com

“Zona de intenso peligro”. Así llamaba mi tío Aníbal a las veredas porteñas, salpicadas de “pupu” de perros por doquier en sus años mozos. Para este tío cascarrabias, antiperonista y simpático, resultaba un deporte de alto riesgo surcar las veredas plagadas de necesidades perrunas, y por eso un buen día se hartó y se fue a vivir a Mar del Plata.

Aunque me reconozco mucho más afín a la fauna que el tío, y ávida coleccionista de conejos, loros barranqueros, canarios y hamster en mis años infantiles en el interior, entiendo los sentimientos de mi pariente. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, a nadie se le ocurriría poner a su bebé a hacer las necesidades en una pared de mármol de un edificio francés de Libertador, pero nadie cuestiona el hecho de que todas y cada una de mis vecinas hace que su adorable pichicho de peinado reluciente levante la patita sobre la pared blanco inmaculado, dejando un perenne olor desagradable y un manchón evidente en el lugar en cuestión. O que el regalito del adorable caniche, convenientemente plantado en el escalón de la puerta, vaya a parar justo sobre la punta de nuestros zapatos relucientes.

Ante estos hechos, me pregunto si hay una suerte de inmunidad diplomática decretada por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires para los perritos. Una inmunidad que les permite orinar en nuestro adorado árbol de la entrada, hacer pupu en casi cualquier punto de la vereda o plaza (sin respetar las áreas asignadas para esos menesteres) y andar por la vida con olor a muerto dejado en el Desierto de Mohave por tres días sin que uno pueda fruncir la nariz ante los aromas que desprenden.

Entiendanme bien: amo a los animales. Pero quiero que cuando vienen a mi ámbito, es decir, la ciudad, respeten las mínimas normas de higiene que se le exigen a los humanos, a saber: estar limpios, no oler a cadáver, no hacer las necesidades adonde se les cante y no ocupar lugares asignados a personas, como camas, cochecitos y sillones.

Para que no crean que soy una cascarrabias sin remedio, puedo proponer un ejemplo de que es posible tener un perro sin alterar la nariz, la visual y los zapatos de los vecinos de Buenos Aires: mi amiga Molly y su fallecido y encantado perro Seba.

Molly, como buena ciudadana norteamericana, mamó desde chiquita eso que los derechos de uno terminan donde comienzan los de los demás. Por eso, no iba  ni a la esquina sin su coqueta palita y sus bolsitas rosas, al mejor estilo Reese Whiterspoon en “Legally Blonde”, para levantar los resultados de la inspiración de Seba en las veredas porteñas. Asimismo, el queridisimo Seba jamás de los jamases se sentaba en un cochecito de un bebe ni en el lugar adonde dormía una amiga de Molly y por nada del mundo hacía pipi dentro de la casa. En un colmo de civilización, Seba olía mejor que muchos de mis compañeros de trabajo.

La convivencia entre perros y humanos puede ser saludable y muy beneficiosa. Sólo necesitamos que unos y otros nos pongamos de acuerdo. De mi lado, aprender a bancarme unos cuantos pelos en los pisos y sweaters, y compartir con una sonrisa el ascensor con los 10 perros que mi vecina mantiene en su dos ambientes. De lado de los propietarios, entender que el perro es como un hijo. Por más lindo y adorable que nos parezca, los demás no tienen porque compartir nuestro enamoramiento con sus olores, defecciones y costumbres, por ende, tenemos que intentar que no alteren los espacios ajenos, y menos, sus condiciones mínimas de higiene y sanidad.

-Mechi-

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