mujer de 60 - Historias mínimas

Publicado por el 5 agosto, 2011 - 1 comentario
Categorias : mujer de 60 , Viajes | Tags : , , , ,

TEMA DEL DIA. Viajes: En 4 ruedas.

No hay como ponerse a hablar de viajes familiares para que la memoria, (a pesar del déficit que sufre la mía), traiga sus recuerdos de historias mínimas vividas durante esas salidas de vacaciones que arrancaban unos días antes, con las compras necesarias para la estadía, y terminaban varios días después de la llegada, con el revelado de fotos y el reparto de “souvenirs” a amigos y parientes.

Organizamos cientos de viajes en auto (el pobre, abarrotado y cargado como si fuera un transatlántico, porque nadie quería dejar en casa sus pertenencias más queridas) y otros muchos en avión, (recorrimos México, USA y Colombia) en aquellas épocas inolvidables del “deme dos” y la plata dulce. Para nosotros, los padres, y para nuestra prole, el mejor programa fue siempre VIAJAR. Adonde fuera. En la primera parada que hicimos en tierra brasileña con los cuatro hijos, camino a Florianópolis, los menores tenían 3 y 4 años y nunca en su vida había visto a nadie de raza negra. Vieron acercarse a un mozo y se pararon como movidos por un motor de auto de carrera para escaparse…

 

Fuente Imagen: reflexionesdiarias.wordpress.com

Un día de vuelta de vacaciones de invierno, con mucho viento, cruzábamos un paisaje típicamente cordobés cuando súbitamente vimos que algo cambió a través de las ventanillas. Algo tan familiar como nuestros pijamas, nuestros gorritos de lana, nuestras poleras y sweaters, los de toda la familia, pasaba volando y se enganchaba en los alambrados y los cardos… Una de las valijas se había desprendido del techo y se rompió en mil pedacitos (era de plástico, una de esas aerodinámicas especiales para los techos de los autos…). Vi volar todas, toditas, las páginas de la novela que POR SUERTE había terminado de leer y había guardado en la valija: “El beso de la mujer araña”, de Puig. Hace unos años volví a comprármela.

Recuerdo el júbilo más perfecto en la cara de una de mis hijas (tenía 12 años) cuando, en Acapulco, un paracaídas tirado por una lancha la elevó por el aire y así la tuvo volando durante no más de 5 minutos que para ella fue la misma eternidad, una entrada al paraíso. Esta hija, famosa por sus dotes para las artes escénicas, repitió todo ese día hasta el momento de irse a dormir: “¿Yo lo soñé?”

Pero lo más filosófico y sabio que escuché de boca de mi hijo menor, al regresar de una cabalgata por la Cordillera que hizo con su hermano y su papá, fue: “no necesitábamos nada…”. Tenía 13 años, había dormido a la intemperie, bajo las estrellas, sin celulares, sin pantallas, sin muros ni antenas; habían cazado algún animal para asar y comer y durante esos días habían continuado cruzando ese trecho, con la aventura de vivir como única finalidad. Hay una frase que acuñó mi marido, copiada de lo que decía uno de nuestros amigos cuando veía tan felices a sus hijos: “Tendríamos que congelarlos…”

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